OTRAS ORACIONES MARIANAS

Oración del siglo III
Letanía de San Efrén de Siria
Stella Maris ( Lope de Vega)
Glosa de la Salve (Pedro F. Carrascosa)
Refugio de los pecadores (Antonio Arnao)
Consuelo del mortal (Antonio Arnao)
Maternal Intercesora (José Sebastián Segura)
Décima popular invocando a la Virgen
¡Oh Corazón de María!
Implorando la reconciliación (S.S. Pio XII)
Memorare (fray Luis de Granada, O.P.)
Oración del siglo XIII
(Ricardo de San Lorenzo)
María Protectora (Beato Francisco Palau y Quer)
Clementísima Madre de Dios (Tomás de Kempis)
Oración del Papa Juan Pablo II de Consagración del Mundo a la Virgen María en el curso del Año Santo de 2000

 

 

 

Oración del siglo III


A la sombra de tu misericordia
nos refugiamos,
¡Oh Madre de Dios!
No ignores nuestras suplicas
en las tentaciones,
mas libranos de los peligros.
¡Oh toda pura,
toda bendita!

Esta oración aparece en un papiro encontrado en Egipto y fechado como del siglo tercero. En esta oración se pueden reconocer los rasgos del Bajo tu amparo.

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Letanía de San Efrén de Siria


Salve, canto de los querubines
y alabanza de los ángeles.
Salve, paz y alegría de la humanidad.
Salve, Jardín de las delicias.
Salve, Árbol de la vida.
Salve, Baluarte de los fieles.
Salve, Puerto de los naúfragos.
Salve, reclamo de Adán.
Salve, rescate de Eva.
Salve, Templo santísimo.
Salve, Trono del Señor.
Salve, Virgen, que has aplastado
la cabeza del dragón precipitado al fuego.
Salve, Refugio de los afligidos.
Salve, Rescate de la maldición.
Salve, Madre de Cristo, Hijo de Dios vivo.
A Él toda gloria, honor, adoración y alabanza,
ahora y siempre
y en todo lugar,
por los siglos, Amén.


San Efrén es un padre de la Iglesia del siglo IV.

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 Stella Maris (Estrella del Mar)

Salve, del mar Estrella,
Salve, Madre sagrada
De Dios y siempre Virgen,
Puerta del cielo santa.

Tomando de Gabriel
El Ave, Virgen alma,
Mudando el nombre de Eva,
Paces divinas trata.

La vista restituye,
Las cadenas desata,
Todos los males quita,
Todos los bienes causa.

Muéstrate Madre, y llegue
Por Ti nuestra esperanza
A quien, por darnos vida,
Nació de tus entrañas.

Entre todas piadosa,
Virgen, en nuestras almas,
Libres de culpa, infunde
Virtud humilde y casta.

Vida nos presta pura,
Camino firme allana;
Que quien a Jesús llega,
Eterno gozo alcanza.

Al Padre, al Hijo, al Santo
Espíritu alabanzas;
Una a los tres le demos,
Y siempre eternas gracias.

Lope de Vega (1562-1635)

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Glosa de la Salve

¡Dios te salve, Virgen pura,
Reina piadosa del mundo,
Madre de vida y dulzura,
Acoge el ruego profundo
De tus hijos sin ventura!

¡Hijos que por ti clamamos
Desterrados hijos de Eva,
Que a Ti ¡oh Madre! suspiramos
En este valle de prueba
Donde sin cesar lloramos.

¡Tus hijos siempre y ahora
Triste te elevan el alma!...
¡Óyelos, Madre y Señora,
Con esa piedad que calma
Los gemidos del que llora!

¡Ea, pues, nuestra; Abogada,
Vuelve a nos de esos tus ojos
La dulce y tierna mirada
Que purifica de abrojos
Nuestra mísera jornada!

¡Y preséntanos, María,
De este destierro en pasando,
A ese Varón de agonía
Que paz y perdón clamando
Murió por la raza impía!

¡Fruto de tu entraña pura
De la humanidad consuelo!
¡Si Tú, Madre de ternura,
La dicha pides del suelo,
Dicha obtendremos segura!

Y pues tiene prometido
A los dignos, Madre mía,
Gozo eterno y bendecido,
¡Oh dulce! ¡oh clemente! ¡oh pía!
¡Haz nuestro gozo cumplido!

Pedro F. Carrascosa, Obispo de Ávila

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Al refugio de los pecadores

Almas que en la lid terrible
De este mundo seductor
Alzáis al cielo los ojos,
Guardáis puro el corazón;

Vírgenes que en el martirio,
Llenas de divino ardor,
Dísteis el postrer aliento
Del Esposo ante la voz;

Arcángeles misteriosos
Que junto al trono de Dios
Véis la hermosura sin mancha
De la Madre que Él amó;

Pues que agradable a los cielos
Fue siempre vuestro clamor,
Dirigid hasta María
Mi amante deprecación.

Volad, volad y decidle,
Aunque a tanto indigno yo,
Que es su nombre mi esperanza,
Que vivo y muero en su amor.

Decidla que amiga torne
Sus ojos de compasión
A las penas que con mi alma
Fiero enemigo sembró.

Pues cual iris que en el cielo
Pinta en la tormenta el sol,
Es a mi afán su sonrisa,
Su clemencia a mi dolor.

Ya que quiere el dulce Esposo
Que para los hombres hoy
Brille en la gloria infinita
Con que pródigo la ornó,

Recordadle cuando estaba
En esta humana aflicción,
Junto a la cruz en que el Hijo
Madre nuestra la nombró.

Así en piedad rebosando
Su celestial corazón,
Nos amparará en el seno
Que Jesús santificó.

Antonio Arnao

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 Consuelo del mortal

María cuya frente
Baña la aurora eterna,
Cual sol resplandeciente,
Consuelo del mortal;

A todo el que te implora
Con voz humilde y tierna,
Muestra por fin, Señora,
La patria celestial.

María, cuyo seno
Del Verbo fue morada;
Edén por gracia lleno
Del más divino amor:

Pues miras el quebranto
Del alma conturbada,
Preste tu excelso manto
Refugio al pecador.

María poderosa,
Reina del cielo y tierra,
Que huellas victoriosa
La frente de Luzbel;

Por Dios que hacerte pudo
Vencer en cruda guerra,
Sé del cristiano escudo,
Imán del pecho infiel.

Cual siervo de tu nombre
Lucero de los mares
Así se humilla el hombre
Buscando vida y luz.

Y al fin de polo a polo
Del mundo en los altares
Reine doquier tan solo
La gloria de la Cruz.

Antonio Arnao

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Maternal Intercesora

Virgen bella de Dios Madre
Honra y lustre del cristiano,
En todo tiempo no en vano
Invocamos tu favor.

Aunque se alce el hondo averno
Del dragón al ronco grito
Y talar mande el precito
Los verjeles del Señor,

Dañar no pueden las furias
Al pecho limpio que fía
En la fuerza de María
Vencedora de Satán.

Si la Virgen nos protege
No habrá guerra ni mal fiero,
Que caballo y caballero
Cual plomo al profundo irán.

Ella levanta en Solima
Como torre la cabeza:
Es murada fortaleza
En la ciudad de David.

La defienden los escudos
De mil valientes guerreros,
Los impíos altaneros
Huyen ante Ella en la lid.

Que armada por Dios su diestra
Llena de dones prolijos,
Alejará de sus hijos
Los golpes de la maldad.

Humíllense las naciones
Y cual de ángeles los coros
Canten en versos sonoros
A la augusta Trinidad.


José Sebastián Segura (México, 1872)

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Décima popular invocando a la Virgen

Quisiera, Virgen María,
Madre mía muy amada,
Tener el alma abrasada
En vuestro amor noche y día.
¡Oh, dulce Virgen María,
Madre de mi corazón!

¿Quién tuviera tanto amor
Que sobrepujara en ardor
A los serafines todos,
Amándoos por cuantos modos
Inventó el más fino amor?

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¡Oh Corazón de María!

¡Oh Corazón de María,
Madre de Dios y Madre nuestra!
¡Corazón amabilísimo,
objeto de las complacencias de la adorable Trinidad,
y digno de la veneración y ternura de los ángeles y de los hombres!
¡Corazón el más semejante al de Jesús,
cuya imagen más perfecta sois!
Corazón lleno de bondad
y en gran manera compasivo de nuestras miserias!
¡Ah! Hacednos sentir ahora,
¡oh Virgen piadosísima!,
la dulzura de vuestro corazón maternal
y la fuerza de vuestra intercesión
ante el de Jesús.

S. Cong. De Indulgencias (1807)

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Implorando la reconciliación

¡Oh Madre de misericordia!
Intercede ante Dios
y obténnos la gracia
de la reconciliación cristiana de los pueblos.
Obténnos las gracias
que en un instante puedan convertir los corazones humanos,
aquellas gracias que puedan preparar y asegurar la anhelada paz.
Reina de la Paz,
ruega por nosotros
y logra para el mundo
la paz en la verdad,
en la justicia,
en la caridad de Cristo.

S.S. Pio XII (1942)

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MEMORARE
de fray Luis de Granada, O.P. (1504-1588)

No me desampare tu amparo,
no me falte tu piedad,
no me olvide tu memoria.
Si tú, Señora, me dejas, ¿quién me sostendrá?
Si tú me olvidas, ¿quién se acordará de mí?
Si tú, que eres Estrella de la mar
y guía de los errados, no me alumbras, ¿dónde iré a parar?
No me dejes tentar del enemigo,
y si me tentare, no me dejes caer,
y si cayere, ayúdame a levantar.
¿Quién te llamó, Señora, que no le oyeses?
¿Quién te pidió, que no le otorgases?

 

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Oración del siglo XIII

Oh Señora, ?
me has robado el corazón.?
Y yo te pregunto:
¿Dónde lo has puesto?
¿No lo habrás escondido en tu Corazón,
por temor de que yo lo encuentre?

Oh, Robadora de Corazones,
¿Cuándo me devolverás el mío?
¿Quieres quedarte con el para siempre?

Cuando yo te lo pido,
Tu sonríes,
y tu sonrisa me tranquiliza.

Pero, vuelto en mí,
si te lo vuelvo a pedir,
me abrazas, oh Dulcísima.

Entonces,
embriagado de tu amor,
ya no pienso en mi corazón,
y no sé pedirte otra cosa que el Tuyo.

Desde este momento
mi corazón se encuentra
tan embargado por tu Dulzura,
que te lo doy,
para que Tu lo guies
y para que lo coloques
en el Corazón de tu Hijo.

de Ricardo de San Lorenzo, siglo XIII

 

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María Protectora

Del alumno que os implora
sed maestra, sed salud.
Sed, María, Protectora
de esta Escuela de virtud.
La Fe nos ha de salvar,
que es la virtud muy sublime,
haced que ella nos anime
para creer sin dudar:
todo se puede lograr,
siendo vos la mediadora.
Sed, etc.

Esperanza duradera
tendremos hasta morir;
todos queremos seguir
la ley santa y verdadera;
y, pues todo el mundo espera
salvarse por vos, Señora.
Sed, etc.

Me manda la Caridad
socorrer al indigente
y aun asistir al doliente
con solícita bondad;
del alma la enfermedad
curad sabia preceptora.
Sed, etc.

Para obrar bien la Prudencia
es infalible camino:
sed nuestro norte divino
y continua providencia;
del alma toda dolencia
remediadnos ya desde ahora.
Sed, etc.

¡Oh gran Reina celestial!
teneros siempre propicia
anhelamos, y Justicia
tributar a cada cual:
del vil pecado mortal
libradnos Divina Pastora.
Sed, etc.

Infundidnos Fortaleza
para obrar según debemos,
y así al fin alcanzaremos
de Dios la suma belleza
si nuestra alma la pureza
para siempre condecora.
Sed, etc.

Son las fogosas pasiones
del alma el fiero enemigo,
la Templanza su castigo,
el remedio vuestros dones;
encended los corazones
en vuestro amor que enamora.
Sed, etc.

El don de Sabiduría
del Espíritu increado
por vos sea enviado
a toda esta compañía,
siendo nuestro norte y guía,
brillante y celeste Aurora.
Sed, etc.

Apartad mi entendimiento
de todo lo mundanal
y sólo en lo celestial
halle nuestra alma contento:
conservadnos un asiento
donde el Ser Supremo mora.
Sed, etc.

¡Qué dichosa criatura
la que toma buen consejo!
y se mira en el espejo
vuestro, divina hermosura
El tal salvación segura
obtendrá en la postrer hora.
Sed, etc.

Fortaleza hasta vencer
los escollos de este mundo,
en el cual todo es inmundo,
siempre hemos de menester;
líbrenos de Lucifer
vuestra gracia bienhechora.
Sed, etc.

Dadnos, Virgen pura, Ciencia
para seguir lo que es cierto
y apartarnos de lo incierto.
Sin duda tendrá indulgencia
si siempre en vuestra obediencia
permanece el que a vos ora.
Sed, etc.

Dios es mi padre amoroso
la Piedad dispone amarle,
sobre todo venerarle
del modo más respetuoso:
un galardón venturoso
tendrá el que sus faltas llora.
Sed, etc.

Aborrecer el pecado
prescribe el temor de Dios:
por lo tanto espero en vos,
¡oh Cordero inmaculado!
Debe ser mi alma un dechado
y de virtud poseedora.
Sed, etc.

Sed nuestra gran defensora
ahora y en la senectud,
sed, María, protectora
de esta Escuela de Virtud.

V. Ora pro nobis, Sancta Dei Genitrix.
R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

Beato Francisco Palau y Quer (1811-1872)

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Clementísima Madre de Dios

¡Oh clementísima Virgen María,
Madre de Dios,
Reina del Cielo,
Señora del mundo,
Júbilo de los santos,
Consuelo de los pecadores!
Atiende los gemidos de los arrepentidos;
calma los deseo de los devotos;
socorre las necesidades de los enfermos;
conforta los corazones de los atribulados;
asiste a los agonizantes;
protege contra los ataques de los demonios
a tus siervos que te imploran;
guía a los que te aman
al premio de la eterna bienaventuranza,
en donde con tu amantísimo hijo Jesucristo
reinas felizmente por toda la eternidad.
Amen.

Tomás de Kempis

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Oración de Consagración del Mundo a la Virgen María en el curso del Año Santo de 2000

1) "¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!" (Jn 19, 26).

Mientras se acerca el final de este Año Jubilar,
en el que tú, Madre, nos ha ofrecido de nuevo a Jesús,
el fruto bendito de tu purísimo vientre,
el Verbo hecho carne, el Redentor del mundo,
resuena con especial dulzura para nosotros esta palabra suya
que nos conduce hacia ti, al hacerte Madre nuestra:

"¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!".

Al encomendarte al Apóstol Juan,
y con él a los hijos de la Iglesia,
más aún a todos los hombres,
Cristo no atenuaba, sino que confirmaba,
su papel exclusivo como Salvador del mundo.

Tú eres esplendor que no ensombrece la luz de Cristo,
porque vives en Él y para Él.
Todo en ti es "fiat": Tú eres la Inmaculada,
eres transparencia y plenitud de gracia.
Aquí estamos, pues, tus hijos, reunidos en torno a ti
en el alba del nuevo Milenio.

Hoy la Iglesia, con la voz del Sucesor de Pedro,
a la que se unen tantos Pastores
provenientes de todas las partes del mundo,
busca amparo bajo tu materna protección
e implora confiada tu intercesión
ante los desafíos ocultos del futuro.

2. Son muchos los que, en este año de gracia,
han vivido y están viviendo
la alegría desbordante de la misericordia
que el Padre nos ha dado en Cristo.

En las Iglesias particulares esparcidas por el mundo
y, aún más, en este centro del cristianismo,
muchas clases de personas
han acogido este don.
Aquí ha vibrado el entusiasmo de los jóvenes,
aquí se ha elevado la súplica de los enfermos.
Por aquí han pasado sacerdotes y religiosos,
artistas y periodistas,
hombres del trabajo y de la ciencia,
niños y adultos,
y todos ellos han reconocido en tu amado Hijo
al Verbo de Dios, encarnado en tu seno.

Haz, Madre, con tu intercesión,
que los frutos de este Año no se disipen,
y que las semillas de gracia se desarrollen
hasta alcanzar plenamente la santidad,
a la que todos estamos llamados.

3. Hoy queremos confiarte el futuro que nos espera,
rogándote que nos acompañes en nuestro camino.
Somos hombres y mujeres de una época extraordinaria,
tan apasionante como rica de contradicciones.
La humanidad posee hoy instrumentos de potencia inaudita.
Puede hacer de este mundo un jardín
o reducirlo a un cúmulo de escombros.
Ha logrado una extraordinaria capacidad de intervenir
en las fuentes mismas de la vida:

Puede usarlas para el bien,
dentro del marco de la ley moral,
o ceder al orgullo miope
de una ciencia que no acepta límites,
llegando incluso a pisotear
el respeto debido a cada ser humano.

Hoy, como nunca en el pasado,
la humanidad está en una encrucijada.
Y, una vez más, la salvación está sólo y enteramente,
oh Virgen Santa, en tu hijo Jesús.

4. Por esto, Madre, como el Apóstol Juan,
nosotros queremos acogerte en nuestra casa (cf. Jn 19, 27),
para aprender de ti a ser como tu Hijo.

"¡Mujer, aquí tienes a tus hijos!"
Estamos aquí, ante ti,
para confiar a tus cuidados maternos
a nosotros mismos, a la Iglesia y al mundo entero.
Ruega por nosotros a tu querido Hijo,
para que nos dé con abundancia el Espíritu Santo,
el Espíritu de verdad que es fuente de vida.
Acógelo por nosotros y con nosotros,
como en la primera comunidad de Jerusalén,
reunida en torno a ti el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).

Que el Espíritu abra los corazones a la justicia y al amor,
guíe a las personas y las naciones
hacia una comprensión recíproca
y hacia un firme deseo de paz.

Te encomendamos a todos los hombres,
comenzando por los más débiles:
a los niños que aún no han visto la luz
y a los que han nacido en medio de la pobreza y el sufrimiento;
a los jóvenes en busca de sentido,
a las personas que no tienen trabajo
y a las que padecen hambre o enfermedad.
Te encomendamos a las familias rotas,
a los ancianos que carecen de asistencia
y a cuantos están solos y sin esperanza.

5. Oh Madre, que conoces los sufrimientos
y las esperanzas de la Iglesia y del mundo,
ayuda a tus hijos en las pruebas cotidianas
que la vida reserva a cada uno
y haz que, por el esfuerzo de todos,
las tinieblas no prevalezcan sobre la luz.

A ti, aurora de la salvación, confiamos
nuestro camino en el nuevo Milenio,
para que bajo tu guía
todos los hombres descubran a Cristo,
luz del mundo y único Salvador,
que reina con el Padre y el Espíritu Santo
por los siglos de los siglos. Amén.

S.S. Juan Pablo II

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La versión electrónica de estos textos ha sido realizada por el Movimiento de Vida Cristiana.